El ahorro energético: La gran mentira.
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Este año, como todos los otros, ha habido una fastuosa iluminación pública, a la par que numerosas advertencias acerca del ahorro energético familiar.
Sin embargo, ¿Saben ustedes el coste del fabuloso alumbrado público? No han de extrañarse si se enteran de que la suma asciende a la friolera de dos millones de euros, o quizá más. Dos millones de euros. Que salen de nuestros bolsillos. ¿Y la energía que eso consume? Tres millones de bombillas, a ojo de buen cubero, en toda España, a más o menos 90W por bombilla… ¡27 000 000W! ¡…dremía del amor hermoso!
Al mismo tiempo que agotan la energía del planeta, nos encarecen la factura de electricidad… Y ¿hacemos algo nosotros? ¡No! “Para el pueblo, pan y circo”, decía un proverbio romano. Quería decir que con comida y entretenimiento, el vulgo se mantenía alienado y ciego ante la corrupción política presente en la Antigua Roma.
Ahora, deberíamos hablar de “para el pueblo, pizza y fútbol”, porque lo cierto es que, a pesar de nuestros “avances tecnológicos”, seguimos igual o quizá más alienados. ¿Que nos estafan en nuestras mismas narices? Ningún problema, pero pon la 3 que hoy hay un BarÇa-Sevilla.
Querría escribir más largo y tendido, pero no puedo, así que únicamente les dejo arriba la foto de un polígono industrial vacío, pero plenamente iluminado. ¿Por qué? y ¿Para qué? Y, lo más importante, ¿somos NOSOTROS los que hemos de ahorrar energía?
Gracias por su paciencia.
“Creemos que somos” o, mejor aún, “nos dejan creer que somos”.
Hace un tiempo oí a un orgulloso ciudadano declarar que “nos encontramos en la era de la información”. También he oído cosas como “esta es la época de la libertad”, “estamos en la fase más avanzada del progreso”, o “gracias a los modernos medios de comunicación, no hay nada que no podamos buscar y/o saber”. Eso es absoluta y estrictamente erróneo.
Todos creen eso, y ya es hora de que alguien diga que es mentira. ¿Que los medios de comunicación son libres y abiertos? ¿Quién de nosotros puede coger y abrir una emisora de radio diciendo lo que piensa? ¿Y un periódico? Nos vendrían con la censura. ¿Quién puede crear un canal de televisión? Nadie. No nieguen con la cabeza y digan que si tuviesen el dinero lo harían.
Los únicos que lo han hecho hasta ahora han sido:
a) los políticos.
b) los poderosos política y monetariamente.
y c) los pertenecientes a una secta católica medianamente poderosa.
Este simple análisis nos conduce a una horrible e irremisible conclusión: los medios de comunicación están controlados por los poderosos. ¡Oh, dios mío! ¿Y eso, qué significa? Pues que NO HAY LIBERTAD DE EXPRESIÓN. Y algunos os defenderéis: Está Internet.
Y con eso, ¿qué? Está Internet, sí, pero… También está la CIA y los satélites. Porque, amigos míos, esos mismos satélites que hacen que nuestra conversación viaje a través del espacio, también recoge esa información electrónica. Y la puede mandar hacia cualquier sitio que desee quien puso el satélite ahí. Con ello, la conclusión es: que nos controlan. De hecho, todo esto que estoy escribiendo está siendo escrupulosamente filtrado y analizado por quien quiera que sea el que maneje eso. Presumiblemente el gobierno norteamericano.Y, si no se lo creen, ¿Por qué nadie ha dicho que el atentado del 11-S fue PROVOCADO POR EL GOBIERNO NORTEAMERICANO? ¿No se lo creen?
Pues bien, entonces explíquenme por qué para el proceso del 11-S tan sólo se ha detenido a un sospechoso que, curiosamente, ya estaba en la cárcel?
¿Por qué no buscaron sospechosos? Porque ya sabían quién había sido. Y ¿por qué las torres se derrumbaron linealmente, hacia abajo, como si les hubiesen dinamitado las columnas maestras, igual que en los derribos? Porque eso es exactamente lo que pasó. Se oyeron varias explosiones, fruto de dinamita en las distintas columnas. Y, si no, ¿cómo se explica que se derrumbase toda la torre, en vez de quedar tan sólo el boquete, producto del impacto del avión?
No se limiten a negarlo todo, como tantos otros. Piénsenlo.
La horchata valenciana y las tapas españolas.
La horchata, oh what a delicious drink!
El sábado salí con mis padres para Valencia, a ver a unos amiguicos (de mis padres).
Hoy (domingo) nos han llevado a comer lomo, calamares, patatas bravas (delicious delicious!), etc etc, es decir lo típico del tapeo español para sustituir los platos individuales. Luego hemos ido a la famosa Horchatería de Daniel a tomar horchata con bollos. Y, sinceramente, no es por hacer publicidad, pero si vais a Valencia no dejéis de probar la horchata de chufa valenciana recén exprimida.
A continuación, y ya que el escribirlo me lo ha recordado, hablaremos de las tapas españolas.
¿Quién no ha ido con sus amigos a comer, firmemente decidido a hacerse el rumboso, y por no pagar cinco raciones decentes acaba invitando a sus amigos a cincuenta platos de tapas?
Y el típico rumbosete español, ¿Os creéis que se disgusta? ¡No! Sale de allí más feliz que un regaliz, con cien euros menos en el bolsillo, pero ¡satisfecho! Sí, sí. Satisecho. ¿Y saben por qué? ¡Porque se ha ahorrado nada más y nada menos que cinco raciones individuales! Ésto es un tío que afronta las crisis y lo demás son tonterías. Y. admitámoslo, todos nosotros somos capaces de hacer algo parecido…
Por ejemplo: Una típica escena de madre-hij@ española.
La madre y el hijo (o hija) están de paseo para que el pequeño se desfogue y no dé el tostón en casa. Pues bien, he aquí que al niño, lógicamente cansado de correr, saltar y tirarle piedras a las palomas, le entran ganas de comer un helado u otro dulce. Pues bien, ahora se pueden dar dos variantes:
1) Que la madre consienta en comprar.
2) Que la madre NO consienta.
En el sgundo caso, se acaba mi tesis, pero centrémonos en el primero.
La madre, al principio un tanto reacia quizá, finalmente se dirige al kiosco, pastelería o cafetería más próxima al parque. Entra y su mirada-radar de madre española (sobre todo ahora, en tiempos de crisis) se va directa a los precios, no a los productos.
El niño, que está esperando en el parque con su infantil rostro cruzado por el hambre y la larga espera (una madre española que compra algo, lo que sea, nunca tarda menos de quince minutos), ve al fin llegar a su madre con un bolsa que casualmente no tiene aspecto de contener un pastel o un helado.
-Mamá, ¿qué llevas en esa bolsa?
-Una bolsa bien llena de cascaruja, garbanzos secos y habas secas. ¡Ya verás qué rico!
-Pero, mamá… ¡Yo te pedí un helado!
-Ay, cielo, ya lo sé. Pero, ¡mira esto! ¡Y mucho menos dinero por kilo! Fíjate, ¡son tres kilos a un euro el kilo! ¡Una ganga!
-Pero, mamá, si el helado costaba un euro y medio, que lo dice en la tele.
-¡Déjate ya de tele! ¡Encima que me molesto en ir a comprarte cosas, me pones pegas!
Y diráse el ocasional lector, ¿No se da cuenta la madre de que le ha salido mal el negocio? ¡No! ¡Nunca jamás! Sí, bueno, es cierto que el niño quería un helado, pero… ¡Habráse visto mayor ganga!
En este caso, admtámoslo en favor de la madre, se hizo la rumbosilla sólo un poco, lo que quería realmente es poner contento a su hijo con un complejo vitaminico no graso. Y quizás tenía razón. Quizás el niño se hubiese habituado al helado de tal modo que hubiese acabado por pesar doscientos tres kilos a los seis años y hubiese explotado dejando una sustancia mantequillosa. Quizás.
O quizás no.
Mi monstruo de cabecera.
Creo que todos, de niños, hemos tenido miedo a los monstruos, pero, curiosamente, a unos más que a otros. De hecho, a mí particularmente me aterrorizaba un monstruo de mi propia cosecha. Era una curiosa y extravagante mezcla de la bruja Maléfica, de la Bella Durmiente de Disney, de la que ostentaba la cabeza y la capa violeta; y de un episodio de Pipi Calzaslargas en el que los policías, al ver una huella roja que Pipi ha dejado al saltar a la pata coja con sus zapatos rojos, creen que se trata de un asesino con una sola pierna. Pues bien, yo me imaginaba esa sola pierna al final de mi bruja Maléfica, una pierna negruzca y terminada en dedos puntiagudos. De hecho, y ahora me parece de lo más cómico, me imaginaba el sonido por mi pasillo del susodicho monstruo saltando a la pata coja y asomándose al marco de mi puerta, que solía estar abierta.
Ya os he descrito a mi monstruo. Ahora os contaré cómo dejé de temerle.
Una noche, al dormir, soñé con que un niño de mi clase (que me caía muy mal) estaba locamente enamorado de mí, y me perseguía al frente de una serie de soldaditos de plomo (que eran cojos, recuerdo el detalle) para capturarme. Yo salí corriendo, hasta llegar a una fortaleza (cuyos muros tendrían algo así como un metro de altura, porque los salté limpiamente) donde residía el susodicho monstruo de mis pesadillas.
Cuando lo vi, estaba cansado de tanto saltar a la pata coja por mi pasillo, y se apoyaba en dos bastones. Recuerdo que en ese momento me dio bastante pena. Parecía uno de esos viejecillos de la ONCE que uno no puede evitar mirar con lástima y cariño.Le conté lo que me pasaba, y soltó a sus diablillos contra los soldaditos de mi persecutor, que salieron despavoridos.
Y así fue cómo dejé de temer a los monstruos. Gracias por su paciencia, queridos (y escasos) lectores.


